sábado, 6 de junio de 2015
Cien años
"Hasta los catorce años, no supe lo que eran unos zapatos. Hasta entonces, andaba a talón", me dijo una vez.
Su vida fue muy dura: el mayor de cinco hermanos (dos niños y tres niñas), cuando murió su padre él solo tenía 20 años y su hermana menor, tres meses.
"Mi padre era una excelente persona; era muy bueno pero no tuvo suerte en su matrimonio y mi madre no se portó bien con él: ella era muy dominante. Yo saqué conclusiones de aquella injusta situación", me confesó en otra ocasión. No obstante, su madre fue una mujer valiente. Viuda, con los niños pequeños, no tuvo empacho en irse a la monda para sacar adelante a sus hijos, además de confeccionar ropa.
Un día antes de las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, murió su padre (15-02-1936), y cinco meses más tarde, estalló la Guerra Civil. Él, por ser hijo de viuda, no esperaba ser llamado a filas, aunque pertenecía a la quinta del 36, tenía ya cumplidos los 21 años y era mayor de edad. El gobierno legal no lo reclutó pero, en cuanto llegaron los golpistas y dominaron la zona, tuvo que irse a la guerra.
Primero lo llevaron a Granada, a san Jerónimo, donde, en principio, no les prestaron ninguna atención teniendo que comer lo que podían coger por las calles. Eso sí: todas las mañanas venía un sujeto que decía ser sargento y les daba instrucción hasta dejarlos agotados hasta que se enteraron de que, en realidad, aquel no tenía ninguna graduación militar y lo único que quería era reírse de ellos. Una vez sabido esto, a la mañana siguiente, un compañero, que era vasco, cogió al supuesto sargento, lo levantó al aire y lo asomó por un balcón y le dijo a los otros compañeros:
- ¿Qué hago con él: lo tiro al patio o lo dejo vivir?
No volvió a molestarlos más.
Después vendrían los años duros de la guerra, que pasó en el frente de Madrid. No quería hablar de ella: la consideraba como lo peor que le puede ocurrir a un país. En una ocasión, me contó que un teniente de su compañía cayó herido y él, en medio de la balacera, fue a recogerlo y, con ello, le salvó la vida. Aquel gesto no lo olvidaría jamás el teniente.
Hubiera querido ascender a sargento pero un superior que lo estimaba le dijo:
- No te presentes al examen. Yo sé que lo vas a aprobar, porque es muy fácil, pero te van a mandar al Ebro y aquí estás más tranquilo.
Le hizo caso.
Acabada la guerra, regresó a su pueblo dispuesto a casarse pero no pudo lograr su objetivo: fue llamado de nuevo al ejército para servir en la cárcel de Granada. Las escenas que tuvo que contemplar allí le partían el corazón: gente presa sin otros motivos que los de haber sido leales a su patria, al gobierno republicano.
Por fin, fue licenciado y se le ofreció por carta ingresar en la Guardia Civil. A él no le habría importado pero su novia se opuso pues no quería saber nada de los cuerpos armados.
Se casó y tuvo cinco hijos y, al igual que su madre, fueron dos niños y tres niñas. Lo que trabajó para sacar adelante a una familia tan numerosa en la España de la posguerra es digno del mayor encomio. Nunca tuvo domingos ni días de fiesta, fue un trabajador infatigable, todos los oficios del campo los dominaba.
Era un hombre inteligente (de los de su pueblo que fueron llevados a la guerra, él era el único que sabía leer y escribir), cariñoso con sus hijos pero muy recto y exigente cuando no hacíamos algo bien. La guerra le marcó el carácter en buena medida.
No es posible resumir mi relación con él. Nos quisimos profundamente. Fue la persona más importante de mi vida: su fe en mí fue infinita. Mi cariño hacia él, inefable.
Hoy hubiera cumplido cien años. Era mi padre.
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